En ese instante le pareció que pasaba por su cabeza, como un fichero de fotos antiguas, desde el primer llanto suyo hasta ese preciso momento en el que se encontraba, por fin, frente a la puerta del zaguán de los Morales, a punto de tocar timbre el día en que por primera vez llevaría a Rosita, la menor de la familia, a tomar un helado a la plaza.
Estático, sin vergüenza ninguna de cargar un deshilachado ramo de flores de estación, miraba el timbre como desconfiando, sabedor de que el histérico ruido de la campanilla no solo anunciaría su llegada sino que también acabaría despertando a la realidad que echaría a andar nuevamente al ritmo del mundo, perdiéndose para siempre aquel tan perfecto presente. El sol le secaba hasta la última gota de gomina que intentaba escapar lanzándose al vacío por la prolongada frente. Tenía la mirada vaga tropezando contra la puerta y una mueca sin mucha algarabía, apenas de tenue satisfacción.
Quizás, que de tanto amarla platónicamente, fue que se aquerenció demasiado con aquella figura ensoñadora que tan poco conocía de piel pero a la cual admiraba desde primer día de escuela y por lo que a punto de ver concluido sus más profundos deseos sintió como una leve muerte en alguna parte, una especie de molestia que no llegaba a dolor muy dentro suyo, mucho más allá de la traslucida camisa transpirada, como un llanto en la boca del estomago que lo paralizaba en cuanto cruzaba por su cabeza la idea de tocar el timbre.
Las flores reclamaban piedad. Apenas si se escuchaba el rumor de alguna radio que a lo lejos boicoteaba el silencio perfecto de aquella calurosa tarde de siesta. Las altas ventanas a cada lado de la puerta eran custodiadas por largas esteras que atenuaban el calor pero permitían que se colara una ligera brisa. En la calle no se veía un alma, excepto por la lánguida figura que se prolongaba desde el ramo de flores de estación que pronto iba tomando el tono mortecino del resto del paisaje.
Pasaban ya varios minutos de la hora pactada para la cita. Eso lo impacientaba aun más ya que solía ser puntual al grado de hacer tiempo si llegaba antes de lo estipulado a algún compromiso, de hecho, había llegado a la puerta de los Morales a la hora indicada, ni un minuto más ni un minuto menos. Incluso habiendo repasado la situación varias veces: tocaría timbre, saludaría al padre y volvería a pedirle permiso, por cuestiones de cortesía, para invitar a Rosita a tomar un helado ya que el día se prestaba.
Cada segundo que pasaba se agudizaba el olor a velorio que destilaban las flores ya cabizbajas de estación y las sombras comenzaban a estirarse como desperezándose luego del cenit cobijo de aquel sol de estío. El timbre, aún casto.
Retrasado ya un cuarto de hora, sin escuchar rumor alguno del otro lado de la puerta, sintió como que el llanto por fin se liberaba y hacia erupción perdiendo todo sentido cualquier intento de continencia. Largó el lloro respetando el impávido silencio, sin más conmoción que el temblor vergonzoso de los músculos de su cara como un niño apretando las lágrimas ante el regaño de un mayor.
Todo parecía perdido en tanto la mano destinada a pulsar el maldito timbre seguía rígida contra el torso sin demostrar ni un mínimo de intención de alzarse. Ahora el rostro era un hervidero donde se cocían lágrimas y sudores aderezados con el sabor dulzón de la gelatina que se desprendía del cabello.
Media hora tardó en soltar el ramo de flores muertas de estación. Cayeron en la vereda mártires indicando que por fin todo había concluido. Sintió algo así como un alivio agotador, como un andariego resignado por haber llegado al fin de su peregrinaje. De todas maneras se consolaba con mantener, de ahora y para siempre, el recuerdo idílico de su cortejada, a la cual nunca le conocería sus costados siniestros y definitivamente amaría eternamente ya que no existiría oportunidad alguna de que algún timbre estruendoso rompiera el melódico encantamiento.
Por fin se movió, inclino la cabeza como aceptando el personal fallo cerrando los ojos como para no toparse en su mirar con los cadáveres de las flores de estación. De pronto llenó la cuadra de sonido cuando intentó aspirar por la nariz congestionada de tanto sollozo inconcluso y sin esperanza alguna disparó la última mirada al timbre impoluto.
Cuando por fin se echaba a andar le pareció escuchar un chistido, se detuvo casi instintivamente y decidió seguir el rumbo pero nuevamente escuchó el mismo sonido, volvió a quedar inmóvil incrédulo al sospechar que dicho mensaje surgía desde detrás de las largas esteras de las ventanas de los Morales. Entonces cuando comenzaba a pensar que el transe del duelo y el sol extenuante lo hacían alucinar como un desequilibrado escuchó que una voz le decía, casi le rogaba: “por favor, toque ese timbre de una vez antes que mi padre se arrepienta”. Sin detenerse a pensar lo que estaba pasando levantó del suelo el deshilachado ramo de flores de estación, se paró frente a la puerta, oprimió fuertemente el timbre con la convicción de un mandato ajeno y se largó a llorar nuevamente, pálido y tieso como una estatua de yeso. Ya se escuchaban por el pasillo los pasos firmes y serios de Morales. De la ventana asomaba cómplice un pañuelo.
Estático, sin vergüenza ninguna de cargar un deshilachado ramo de flores de estación, miraba el timbre como desconfiando, sabedor de que el histérico ruido de la campanilla no solo anunciaría su llegada sino que también acabaría despertando a la realidad que echaría a andar nuevamente al ritmo del mundo, perdiéndose para siempre aquel tan perfecto presente. El sol le secaba hasta la última gota de gomina que intentaba escapar lanzándose al vacío por la prolongada frente. Tenía la mirada vaga tropezando contra la puerta y una mueca sin mucha algarabía, apenas de tenue satisfacción.
Quizás, que de tanto amarla platónicamente, fue que se aquerenció demasiado con aquella figura ensoñadora que tan poco conocía de piel pero a la cual admiraba desde primer día de escuela y por lo que a punto de ver concluido sus más profundos deseos sintió como una leve muerte en alguna parte, una especie de molestia que no llegaba a dolor muy dentro suyo, mucho más allá de la traslucida camisa transpirada, como un llanto en la boca del estomago que lo paralizaba en cuanto cruzaba por su cabeza la idea de tocar el timbre.
Las flores reclamaban piedad. Apenas si se escuchaba el rumor de alguna radio que a lo lejos boicoteaba el silencio perfecto de aquella calurosa tarde de siesta. Las altas ventanas a cada lado de la puerta eran custodiadas por largas esteras que atenuaban el calor pero permitían que se colara una ligera brisa. En la calle no se veía un alma, excepto por la lánguida figura que se prolongaba desde el ramo de flores de estación que pronto iba tomando el tono mortecino del resto del paisaje.
Pasaban ya varios minutos de la hora pactada para la cita. Eso lo impacientaba aun más ya que solía ser puntual al grado de hacer tiempo si llegaba antes de lo estipulado a algún compromiso, de hecho, había llegado a la puerta de los Morales a la hora indicada, ni un minuto más ni un minuto menos. Incluso habiendo repasado la situación varias veces: tocaría timbre, saludaría al padre y volvería a pedirle permiso, por cuestiones de cortesía, para invitar a Rosita a tomar un helado ya que el día se prestaba.
Cada segundo que pasaba se agudizaba el olor a velorio que destilaban las flores ya cabizbajas de estación y las sombras comenzaban a estirarse como desperezándose luego del cenit cobijo de aquel sol de estío. El timbre, aún casto.
Retrasado ya un cuarto de hora, sin escuchar rumor alguno del otro lado de la puerta, sintió como que el llanto por fin se liberaba y hacia erupción perdiendo todo sentido cualquier intento de continencia. Largó el lloro respetando el impávido silencio, sin más conmoción que el temblor vergonzoso de los músculos de su cara como un niño apretando las lágrimas ante el regaño de un mayor.
Todo parecía perdido en tanto la mano destinada a pulsar el maldito timbre seguía rígida contra el torso sin demostrar ni un mínimo de intención de alzarse. Ahora el rostro era un hervidero donde se cocían lágrimas y sudores aderezados con el sabor dulzón de la gelatina que se desprendía del cabello.
Media hora tardó en soltar el ramo de flores muertas de estación. Cayeron en la vereda mártires indicando que por fin todo había concluido. Sintió algo así como un alivio agotador, como un andariego resignado por haber llegado al fin de su peregrinaje. De todas maneras se consolaba con mantener, de ahora y para siempre, el recuerdo idílico de su cortejada, a la cual nunca le conocería sus costados siniestros y definitivamente amaría eternamente ya que no existiría oportunidad alguna de que algún timbre estruendoso rompiera el melódico encantamiento.
Por fin se movió, inclino la cabeza como aceptando el personal fallo cerrando los ojos como para no toparse en su mirar con los cadáveres de las flores de estación. De pronto llenó la cuadra de sonido cuando intentó aspirar por la nariz congestionada de tanto sollozo inconcluso y sin esperanza alguna disparó la última mirada al timbre impoluto.
Cuando por fin se echaba a andar le pareció escuchar un chistido, se detuvo casi instintivamente y decidió seguir el rumbo pero nuevamente escuchó el mismo sonido, volvió a quedar inmóvil incrédulo al sospechar que dicho mensaje surgía desde detrás de las largas esteras de las ventanas de los Morales. Entonces cuando comenzaba a pensar que el transe del duelo y el sol extenuante lo hacían alucinar como un desequilibrado escuchó que una voz le decía, casi le rogaba: “por favor, toque ese timbre de una vez antes que mi padre se arrepienta”. Sin detenerse a pensar lo que estaba pasando levantó del suelo el deshilachado ramo de flores de estación, se paró frente a la puerta, oprimió fuertemente el timbre con la convicción de un mandato ajeno y se largó a llorar nuevamente, pálido y tieso como una estatua de yeso. Ya se escuchaban por el pasillo los pasos firmes y serios de Morales. De la ventana asomaba cómplice un pañuelo.