En la última fiesta de los estragos no dio la noche para la fanfarria. Se rompieron platos, sillas, copas y clavículas. El destrozo fue conciso, discreto, iso facto, casi un acto de practicidad vehemente. Algunos dicen que todo sucedió porque fue la última fiesta, dato que ninguno de los invitados sabía al llegar al palacio. El vino era malo, no cabe la menor duda, pero los resultados de su ingesta cien veces peor. No parecían nobles los beodos que dieron vuelta la mesa de postres ni la mujer entrada en grasas que corría desnuda por la sala. Aun intentan levantarla. Las perdidas fueron totales en la última fiesta de los estragos ¡Que desperdicio! Pensar que con toda la comida sobrante alimentan a 10 batallones o a la mujer entrada en grasas que corría desnuda por la sala. Y los postres; tanto esfuerzo azucarado en vano. Miles de revoluciones de cientos de brazos que batieron el merengue de decenas de tortas.
En la última noche de los estragos no dio la noche para la fanfarria. Fue una noche más.